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hermana ANNE MARIE, CARMEL DCJ
Mi vocación religiosa no empezó por mi misma. La primera pista que Dios tenia en mente era algo especial para mi familia por los anos setenta.
Veníamos de una familia respetable y protestante, mi abuela decidió sacar un diploma y se inscribió en un colegio católico, sus estudios terminaron en su conversión a católica y como resultado la conversión de mi abuelo, mi tía y mi madre que en ese entonces tenia 16 anos. Si no ha sido por eso dudo que yo hubiera encontrado la iglesia por mi misma y mucho menos mi vocación.
Mi mama se caso, y pronto se entero de estar embarazada. La segunda función mayor de mi vocación apareció, porque por el temor que tenia mi madre de perder a su bebe, ella le ofreció a Dios a su bebe. De haber sabido que el lo tomaría tan enserio tal vez ella lo hubiera dudado antes de hacer eso.
Mi vocación creció muy naturalmente. Cuando yo era muy chica, mi madre estaba involucrada en un grupo de oración.
Uno de mis recuerdos de ese entonces es que yo iba con ella a diferentes casas a rezar o en iglesias o en nuestra propia casa. Me recuerdo que los miércoles me levantaba muy temprano y manejábamos al convento solitario de las monjitas Carmelitas para escuchar la Misa. Todo el tiempo durante mi niñez, cada ves que estaba contenta y en paz siempre supe que quise ser monja.
Yo no estaba personalmente involucrada con ningún grupo de oración, grupos de jóvenes, deportes o ninguna otra clase de club que hiciera mi vocación algo privado. Ni siquiera iba por ahí buscando comentarios, visitando comunidades o escribiendo información. Yo le rezaba y le pedía al Señor que si en verdad el quería que yo fuera religiosa, entonces debería el hacer algo al respecto, porque yo no tenia ni idea de lo que buscaba. Por supuesto los dos teníamos el mismo entendimiento acerca del matrimonio; Yo evite las citas por la misma razón que evitaba a las monjitas.
Sin embargo un domingo no pude evitar a una monjita en el sótano de la iglesia. Antes de misa, yo estaba en el baño tratando de apaciguar mi cabello rebelde. Dos hermanas Carmelitas entraron al baño. La batalla con mi cabello termino, proseguí a salir del baño cuando sentí que una mano me tocaba el brazo. Unas de las monjitas se presento y me paso un librito de propaganda. Me lo lleve a casa y avente a mi closet.
El libro se hubiera quedado ahí, de no haber sido que unos meses después me encontraba desesperada por terminar mi horario en mi último semestre de secundaria. Todas las clases estaban extrañamente llenas y la única alternativa era ingresar a un negocio local. Recuerdo haberme encontrado con una monjita en la iglesia quien trabajaba en un asilo a solo 5 minutos de mi casa. Corrí a mi cuarto y empecé a sacar cosas de mi closet, buscando el librito de propaganda que me había dado aquella monjita en el baño. Finalmente lo encontré. Nerviosamente llame y finalmente pude llenar el espacio vacio que tenia en mi horario.
Gradualmente mis oraciones y suplicas empezaron a cambiar de “Querido Dios, lo que sea tu voluntad”, a “Querido Dios, por favor, por favor déjame ser una religiosa”. En la primavera, mis ojos se abrieron y pude ver la luz claramente y Dios me pedía que fuera una hermana Carmelita del Sagrado Divino Jesús. Mis queridas hermanas me aceptaron con los brazos abiertos ese otoño, y mis valientes padres dejaron ir con gusto a su única hija, por lo cual les estoy eternamente agradecida. Dios recompenso a la gente en mi vida que ayudaron a formar mi vocación.
Hermana Anne Marie, Carmel DCJ
